No me importa ser el otro, porque cuando estoy contigo tengo lo mejor de ti, mientras que él saca de ti sólo el saludo desgastado, el beso repetido, la mano aburrida de la misma piel. En cambio, cuando tú y yo estamos juntos, yo agarro lo más novedoso de tu piel, la última moda de tus besos, la mejor tecnología de tus caricias que ya van por quinta generación, mientras él, fiel y buen hombre, sólo tiene de ti las de primera generación. La cama de ustedes dos se quedó atrapada en el tiempo, ahogada en el silencio, en cambio, cuando tú y yo estamos juntos, nuestras almohadas viajan al futuro y nuestras sábanas vuelan. Conmigo tu saliva sabe a miel, a canela, a pimienta; con él, tu saliva sólo es un fluído espeso y monótono. De verdad, no le doy importancia al tiempo que le dedicas a él, porque con todas esas horas aburridas sé que sólo intentas agradecerle los años que te atendió, pero conmigo, los escasos minutos no son el pago de una deuda, sino una inversión de ambos, un tiempo para consentir nuestras avaricias individuales a través de una piel que ya tiene dueño. Somos dos hombres afortunados. A pesar de lo que digan, sé que no te tengo a medias y le doy gracias a él por conocerte antes y haber llenado de vicios cada pliegue de tu piel; ahora soy yo, quien en la más deliciosa clandestinidad, corrompo mi lengua con ellos, con esos infortunios que otro desbordó en ti. Gracias a los dioses del Olimpo, a todos los eros que se han inventado, porque en el desencuentro con él yo he sido, y seguramente seré, tu mayor logro.
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